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"A mí me daban dos": los anuncios que se nos quedaron grabados para siempre

Un viaje a la nostalgia de los anuncios de televisión que marcaron nuestra infancia en España: desde el Petit Suisse hasta las muñecas de Famosa.

Imagen ilustrativa de "A mí me daban dos": los anuncios que se nos quedaron grabados para siempre

📅 12 de junio de 2026 · Tebeitos

Hay frases que no aprendimos en el colegio. Nadie nos las enseñó. Se nos metieron en la cabeza una tarde cualquiera, entre los dibujos y la cena, salidas de un televisor de madera con dos canales y mucha paciencia. Y ahí siguen, cuarenta años después, intactas, listas para saltar en cuanto alguien suelta la primera palabra.

“A mí me daban dos.”

¿Lo ves? Ya estás pensando en el Petit Suisse. Y seguramente acabas de sonreír.

Hoy, en Tebeitos, vamos a abrir esa nevera de la memoria.

El Petit Suisse, o cómo un postre nos enseñó a negociar

El Petit Suisse de Danone no era un yogur. Era premio. Era esa cosa blanca, espesa y dulce que venía de dos en dos, pegados como hermanos siameses, y que generaba en las casas españolas conflictos diplomáticos de altura. Porque venían dos. Y si erais tres hermanos, amigo, ahí empezaba la guerra.

La marca lo sabía y jugó con ello durante años. Aquello de comerlos “de dos en dos”, el famoso “a mí me daban dos”, se convirtió en una de esas coletillas que toda una generación repite todavía sin saber muy bien de dónde le viene. Un postre que, de paso, te enseñaba economía doméstica, paciencia y el difícil arte de repartir.

Lo curioso es eso: no recordamos el sabor exacto. Recordamos la escena. La cocina, la luz de la tarde, la mano de tu madre abriendo la nevera. El anuncio no nos vendió un postre. Nos vendió un trocito de nuestra propia infancia, y ni nos didimos cuenta.

Los que nos hacían llorar (sí, llorar, por un turrón)

Y luego llegaba diciembre. Y con diciembre, el anuncio.

“Vuelve a casa por Navidad.” El Almendro lo estrenó en 1974 y la jugada fue maestra: no te vendían turrón, te vendían el reencro. El hijo que volvía al pueblo, la familia que se juntaba, esa musiquilla melancólica que te tocaba la fibra justo cuando estabas pelando la mandarina. Acababas con un nudo en la garganta por culpa de unas almendras y azúcar. Y al año siguiente, otra vez. Y caías otra vez.

Era publicidad, claro. Pero también era el calendario emocional de un país entero. Sabías que era Navidad no por el frío, sino porque volvían a casa por Navidad.

Los que se nos quedaron tarareando hasta hoy

Había anuncios que eran, directamente, canciones que no podías quitarte de la cabeza.

Las muñecas de Famosa, que cada diciembre se dirigían en procesión hacia el portal de Belén con su melodía de villancico. La cancioncilla del Cola Cao, con su negrito del África tropical, que arrastramos desde 1946 y que hoy nadie se atrevería a rodar igual, pero que tarareábamos sin maldad ninguna camino del colegio. El “TostaRica y nada más” con Teresa Rabal. El conejito rosa de las pilas que no paraba, y no paraba, y no paraba.

No eran jingles. Eran la banda sonora no oficial de una infancia. Sonaban en el patio, en el recreo, en la cola del comedor. Y lo más increíble: las recordamos enteras. Pregúntale a cualquiera de cincuenta años por el instituto y dudará. Pregúntale por estas cancioncillas y no falla ni una nota.

¿Por qué se nos quedaron y los de ahora no?

Esta es la pregunta buena. Hoy vemos cientos de anuncios al día y no recordamos ninguno. Entonces veíamos cuatro, y los recordamos todos.

Parte es la nostalgia, que lo dora todo. Pero hay algo más. Aquellos anuncios tenían tiempo. Se repetían durante años, no semanas. Eran pocos, así que cada uno pesaba. Y sobre todo, no te vendían un producto: te vendían una emoción, una escena, una pequeña historia con principio y final. La marca era casi una excusa.

Por eso siguen ahí. Porque no compraban tu atención de un día. Compraban un cachito de tu memoria para siempre. Y vaya si lo consiguieron.

¿Y tú cuál tienes clavado?

Cada cual guarda el suyo. Para unos es el Petit Suisse y la pelea de hermanos. Para otros, el helicóptero del Tulipán, el osito Mimosín o aquel “si no hay Casera, nos vamos”. Hay quien con solo leer “busque, compare…” ya está terminando la frase en voz alta.

Así que dinos: ¿cuál es el anuncio que tú no has podido olvidar jamás? El que con solo nombrarlo te devuelve de golpe a la merienda de los ocho años. Lo leemos en los comentarios, que aquí venimos a recordar juntos.


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