Hubo un señor, allá por los años 50 en Estados Unidos, que decidió que los cómics eran peligrosos.
Se llamaba Fredric Wertham. Era psiquiatra. Y estaba convencido de que los tebeos corrompían a los niños, les enseñaban violencia, les hacía malas personas. Escribió un libro entero sobre ello. Consiguió que el gobierno americano abriera una investigación. Consiguió que muchas editoriales se autocensuraran. Consiguió, durante unos años, que los cómics fueran vistos como algo sucio, peligroso, indeseable.
No consiguió eliminarlos.
Porque los niños siguieron leyéndolos. A escondidas si hacía falta. Debajo de la cama con una linterna. En el recreo, doblados en el bolsillo del pantalón.
Dav Pilkey, el autor de Dog Man, Capitán Calzoncillos y Chikigato, lo vivió en sus propias carnes. De niño le castigaban por hacer cómics en clase. Le decían que perdía el tiempo. Que aquello no era leer de verdad. Que tenía que ponerse serio.
Hoy Dav Pilkey ha vendido más de 80 millones de libros.
La pantalla que todo lo devora
Ahora no hay un señor llamado Wertham. Pero hay algo peor.
Hay una pantalla en cada bolsillo. Una pantalla en cada mano. Una pantalla en cada mesa del comedor, en cada habitación, en cada momento de aburrimiento que antes se llenaba con cualquier otra cosa.
Y las pantallas son listas. Son adictivas por diseño. Están construidas por ingenieros que estudiaron durante años cómo hacer que no puedas parar de mirarlas. Cada notificación, cada scroll, cada vídeo que empieza solo cuando termina el anterior.
Contra eso, ¿qué hacemos?
Hay quien prohíbe. Hay quien pone límites de tiempo. Hay quien confisca el móvil a las nueve de la noche.
Todo eso está bien. Pero no es suficiente.
Porque el problema no es solo quitar la pantalla. El problema es qué pones en su lugar.
El cómic como resistencia
Vera tiene siete años y cuando le pones un cómic delante no necesita el móvil.
No porque se lo prohibamos. Sino porque el cómic le da algo que la pantalla no puede darle de la misma manera: el tiempo de ir a su ritmo. La libertad de releer la viñeta que le hizo gracia. La posibilidad de parar, de imaginar, de preguntarse qué pasa después antes de pasar la página.
El cómic no te persigue. No te manda notificaciones. No empieza solo. Espera.
Y esa espera, esa pausa, ese silencio entre viñeta y viñeta es exactamente lo que el cerebro de un niño necesita y que las pantallas no le dan.
Pero aquí está la clave que mucha gente no entiende: tiene que ser un cómic que le guste a él. No el que tú crees que debería gustarle.
El error de los adultos bienintencionados
Hay padres que quieren que sus hijos lean. Bien. Pero quieren que lean lo correcto. Literatura. Clásicos. Libros sin dibujos. Libros serios.
Y el niño no quiere. Y el padre insiste. Y el niño acaba odiando leer.
Fredric Wertham pensaba que los cómics no eran lectura de verdad. Que los niños necesitaban cosas más serias. Y mientras él escribía sus informes, los niños leían tebeos y se convertían en adultos que amaban los libros.
Porque así funciona. Se empieza con Dog Man. Se sigue con Ariol. Luego viene Astérix. Luego Tintín. Luego una novela gráfica. Luego un libro sin dibujos. Y de repente tienes un lector.
Pero si saltas el primer paso, si le dices al niño que lo que le gusta no cuenta, que tiene que leer cosas más serias, pierdes al lector antes de tenerlo.
Lo que Chikigato le enseñó a Vera
En uno de los libros del Club de Cómic de Chikigato aparece la historia de Wertham. Dav Pilkey se lo cuenta a los niños en forma de cómic.
Vera lo leyó. Me preguntó si era real la historia de prohibir los tebeos.
Le dije que sí.
Me preguntó por qué.
Le dije que a veces los adultos tienen miedo de lo que no entienden.
Se quedó pensando un momento. Y luego me dijo:
“Pues menos mal que no lo consiguió.”
Siete años. Todo dicho.
Leer lo que te gusta es un acto político
No hace falta que sea Shakespeare. No hace falta que sea Cervantes. No hace falta que no tenga dibujos.
Leer lo que te gusta, en 2026, con una pantalla en cada bolsillo y un algoritmo diseñado para robarte la atención, es una forma de decir que tu tiempo es tuyo.
Es elegir activamente algo que no te persigue, que no te manipula, que no te da dopamina en dosis calculadas para que no puedas parar.
Es sentarse. Abrir un libro. Ir a tu ritmo.
Es, en cierta forma, un acto de resistencia.
Y si ese libro tiene muchos dibujos y hace reír a carcajadas, mejor que mejor.
Wertham se equivocó. Los cómics no corrompieron a nadie.
Al contrario. Salvaron a muchos lectores que de otra forma se habrían perdido por el camino.
En Tebeitos lo tenemos claro
No recomendamos lo que creemos que deberías leer.
Recomendamos lo que nos ha gustado a nosotros. Lo que ha pasado por el sofá y la cama de casa y ha superado la prueba más exigente que existe: la de una niña de siete años con poca paciencia para las cosas que no molan.
Si es un cómic, perfecto.
Si tiene muchos dibujos, perfecto.
Si hace reír, mejor.
Si encima aleja un rato de la pantalla, ya es perfecto del todo.
Lee lo que te gusta. Deja que tus hijos lean lo que les gusta.
El kiosko de siempre lo entendió antes que nadie.
— Alfonso y Vera 🗯️